sábado, 7 de julio de 2012

Feminismos queer


“La risa frente a las categorías serias
es indispensable para el feminismo”
Judith Butler

El ser mujer

“¿Qué es la mujer? Pánico, zafarrancho general de la defensa activa” nos decía Monique Wittig. La interpelación al eterno femenino, a la noción tradicional que de mujer se había tenido, no es sino una artimaña para aferrarse empecinadamente a una categoría ya minada, pero que se ha llevado muchas vidas por delante. Aunque realmente no podemos decir que las mujeres no existan, puesto que es evidente que, de hecho, materialmente, las mujeres existen. Lo problemático de esta cuestión nos conduce a pensar en su existencia ontológica. Si acudimos a Althusser, quien se había ocupado del ser de ser proletario, veremos que realiza una fuerte crítica a Marx y Engels por confundir reproducción por producción. Cuando Althusser afirma que los “elementos no existen en la historia para que exista un modo de producción, sino que existen en ella en un estado flotante antes de su acumulación y combinación, siendo cada uno de ellos el producto de su propia historia”[1] está, en cierto modo, admitiendo el fluir de nuestras identidades. No hay una entelequia que dote de un fin a nuestra existencia ni tampoco que la canalice. El sentido de nuestra identidad vendría dado por una toma de consistencia aleatoria que se desplaza sin cesar. Podemos entender por “existir en un modo flotante” justamente ese estado de inestabilidad, de cambio constante. Del mismo modo, si- como decía Marx- el conjunto de nuestras relaciones sociales determinan nuestra conciencia, comprendemos que estamos continuamente construyéndonos, de forma inconsciente, a partir de una repetición incesante de lo que nos rodea. Y lo que es más importante es que esa repetición tiene valor de real al reproducir subjetividades, creándolas al mismo tiempo.
Pues bien, la cuestión de la performatividad en Butler aludiría a ese mecanismo por el cual teatralizamos de forma inconsciente nuestras identidades, a la reproducción de ciertos roles y guiones. Algunos autores, véase Pierre Bourdieu, criticaron este concepto al parecerles que Butler afirmaba que una podía cambiar de identidad como quien cambia sus pantalones cada mañana. No obstante, vemos que esto no es así: la identidad no se performa de forma consciente, no atiende al voluntarismo, sino a una reproducción inconsciente que se fomenta desde nuestro entorno cultural.
Por todo lo explicado anteriormente, podemos concluir que las mujeres existen, pero no así La-Mujer. La identidad Mujer ha quedado naturalizada, se nos ha hecho creer que es original, esencial, cuando no es más que un producto derivado. La-Mujer nos remite siempre a una categoría hueca imposible de alcanzar, porque ninguna repetición es perfecta. Existen infinidad de subjetividades performadas en torno a una categoría imposible, que sería la de Mujer con mayúscula, que es lo mismo que decir que no hay dos mujeres iguales. Entonces, al final, ¿qué tienen las mujeres en común?
Tratar de definirse, de concebirse dentro de una categoría, es siempre problemático. Una de las soluciones pasa necesariamente por el mestizaje. Tenemos que comprender que definirnos como mujeres es reduccionista porque ¿a qué nos estamos refiriendo exactamente? ¿Tienen lo mismo en común una mujer lesbiana y otra heterosexual? ¿Una negra y otra blanca? ¿Estamos hablando de las mismas subjetividades? Nos atraviesan tantas líneas constituyentes y tantas historias diferentes que caer en las etiquetas y los estigmas es una abstracción inútil, que muchas veces sirve para injuriar y abyectar a lo no deseado.
Son todas estas farragosas cuestiones las que le hacen a Butler hablar del “sujeto del feminismo” y no de las mujeres. En definitiva, si lo que nos une a todas es que somos “sujetos del feminismo” (y yo me pregunto, ¿quién no lo es?) podemos concluir afirmándonos como sujetos de lucha. Y es que, posiblemente, yo misma sólo me pueda pensar como mujer desde ese zafarrancho de combate del que habla Wittig.

Política difusa

Hemos dicho que debemos apostar por el mestizaje, por las pluriidentidades, por el cambio y el movimiento; porque, como dice Butler, “afirmar que yo soy tal cosa es sugerir una totalización provisional de ese <<yo>>”[2] Siempre que nos pensamos desde una categoría estamos ejerciendo una violencia sobre nosotras mismas, ya que es un ejercicio de opresión y de reducción. Puede que nos sintamos a gusto en ella, que nos satisfaga porque nos hace formar parte de algo diferente y no de una masa indiferenciada; pero justamente lo que estaremos haciendo será ocultar nuestra propia diferencia y coartar la posibilidad de crearnos a nosotras mismas.
Sin embargo, vemos que negar el calificativo de lesbiana, el de homosexual o el de inmigrante tiene el mismo sentido que negar el de mujer. Negarlos, aparte de funcionar como un mecanismo de invisibilización en determinadas ocasiones, también nos lleva a la eliminación de algunas prácticas políticas que pueden resultar muy eficientes (el outing, por ejemplo). Es cierto que admitir que las fronteras se han disuelto, que el sujeto ha estallado y, a la vez, exigir una visibilización de estas subjetividades puede resultar contradictorio. Sin embargo, yo entiendo que desde una práctica política es importante adoptar una u otra postura según nos convenga. No tener una postura definida y clara, o una única forma de proceder, no debe tomarse  como un problema a resolver, sino como un buen síntoma de que el feminismo está en perpetua reflexión y no se aferra a un purismo intelectual ni político.
Los movimientos feministas se constituyen de forma difusa en cuanto que no funcionan a nivel macropolítico, sino que se incrustan en los entresijos de la vida cotidiana resaltando la importancia de la práctica política a nivel micro. Según Raúl Zibechi en un artículo del periódico Diagonal, el feminismo es un movimiento social que ha conseguido movilizar el deseo. En lugar de tomar el poder  a la antigua (esto es, instaurando un Estado feminista, por ejemplo), ha tomado el poder legitimándose en asambleas y en colectivos. Los feminismos están consiguiendo no momificar su posición política permaneciendo en constante movimiento, atendiendo a los problemas reales de la vida cotidiana y tratando de darles una solución.
Estas formas propias de las políticas queer parecen estar cambiando realmente el modo de comprender las relaciones sociales, pero la realidad es que la revolución feminista no se ha dado todavía y en la mayoría de los movimientos sociales surgidos en estos últimos meses su presencia es escasa. Sin ir más lejos, en una asamblea del 15M del año pasado se llegó a discutir sobre la necesidad de llamar o no feminista a la acampada de la plaza del Pilar. No se llegó a consenso sobre este tema, y en muchos casos aludiendo al argumento de que feminismo y machismo son lo mismo. Esto nos lleva a pensar que los feminismos no institucionalizados están funcionando muy bien en determinadas esferas sociales, pero que a duras penas se conocen en otras. Con respecto a ello, creo que no debemos encerrarnos en el elitismo académico ni reducirnos únicamente a prácticas activistas. No comparto las críticas que hacen algunas/os activistas a la comunidad académica. Lo cierto es que la teoría crea práctica, y la práctica al mismo tiempo produce teoría. Además, si justamente lo queer se caracteriza por no prefijar un sujeto revolucionario, lo importante es dar a conocer estas prácticas. Mediante libros y mediante colectivos.

Your body is a battleground

Hemos dicho que la identidad se performa de forma inconsciente, que escapa a cualquier voluntarismo. Sin embargo, Laura Bugalho hablaba en una reciente conferencia sobre transfeminismo lésbico sobre la posibilidad de devenir transfeminista. Ella misma lo definió como un proceso consciente de precarización de nuestras vidas, como un devenir trans-marica-puta-bollo-mestiza. Me parece importante esta cuestión ya que no prefija un sujeto revolucionario, sino que- como hemos dicho antes- al final todas podemos ser sujetos del feminismo. Por otra parte, es probablemente en ese proceso de devenir consciente donde reside la libertad.  Desde el propio conocimiento de la realidad material, experimentado en nuestras carnes bajo la forma de opresión y violencia, somos capaces de dirigir ese conocimiento hacia una acción productiva. Nos referimos a la capacidad de reapropiarnos de esos ejercicios de exclusión, de esa violencia, y registrarla positivamente a modo de energía creativa. Y lo que es más relevante es que esa violencia está omnipresente, no se ejerce únicamente sobre unos sujetos. Como hemos dicho, nosotras somos las primeras en violentarnos, y ser conscientes de ello nos confiere la capacidad de construir algo nuevo con nuestra identidad. Dejarla fluir de forma abierta y creativa.
De aquí que nuestro cuerpo sea un campo de batalla. La violencia se ejerce siempre sobre los cuerpos, los de la minoría (y minoría somos todas). Podemos decir que la cultura atraviesa nuestros cuerpos y los termina deformando. Cuando Kristeva realiza su estudio sobre la abyección, resalta que éste es un fenómeno que excluye, que excreta algo que nos es propio, interiorizando al mismo tiempo una ley externa. Es decir, invisibilizamos y negamos un tipo de prácticas y deseos normativizando otros. Nos autovetamos ciertas posibilidades. Así, nuestro cuerpo es un reflejo del Orden Simbólico, ésta es la destrucción cultural del cuerpo a la que se refiere Foucault.
A raíz de esta constatación, las políticas queer se dirigen a la transgresión de esa ley y con ello a la visibilización de prácticas abyectadas: sadomasoquismo, sexo intergeneracional, sexo anal y un largo etcétera. Prácticas como el fist fucking ponen en relieve un tipo de práctica sexual desgenitalizada e incluso violenta que subvierte el discurso dominante sobre la sexualidad. El fist fucking cuestiona el modelo de masculinidad, el falocentrismo y difumina el binarismo. Por otro lado, la práctica del squirting o eyaculación femenina tiene una dimensión política interesantísima. Julia Pornoterrorista comentaba la transgresión que suponía que una mujer “se corriera a chorros”, porque hace tambalear los cimientos que se asientan sobre una supuesta moderación femenina y pone en alza la lógica del exceso, de la pérdida, del descontrol.
Todas estas prácticas consiguen mostrar nuevas formas de dirigir nuestro deseo y, además, tienen una función política. Investigando nuestro propio deseo, dejándolo aflorar, comprobamos que no nos son tan ajenas, que incluso de forma consciente podemos inducirlas. Al ser el deseo otra producción cultural podemos crearlo mediante ciertos discursos, podemos erotizar lo que nos parecía imposible a priori. Terminamos finalmente abrazándonos a la perversión, asomándonos a ella mediante la transgresión del discurso institucionalizado. Las políticas queer requieren una investigación, un descubrimiento de nuestro “lado oscuro”.

Conclusión: la risa del exceso

“La risa brota al percatarse de que todo
el tiempo lo original era algo derivado”
Judith Butler

Esta risa de Butler no nos es en absoluto ajena. Antes subvertía las categorías serias y ahora nos anima a percatarnos del carácter performativo de toda identidad.
La risa del exceso es una risa loca, casi histérica, que ruge de euforia al descubrir las nuevas posibilidades que nos ofrece una identidad abierta, sin contorno ni dintorno, con las fronteras barridas por el afloramiento de nuevos deseos.
La lógica de la moderación se abisma a la caducidad. La contradicción prevalece: nuestros cuerpos se aburren de la coherencia a la que pretendemos ajustarlos mediante discursos repetidos hasta la saciedad desde que éramos pequeñas. Comprobamos que siempre hay algo que nos excede, que se escapa a nuestro control, que nos contradice y, muchas veces, nos produce malestar. Ese malestar es la violencia que debemos resignificar para construir, a partir de ella, algo nuevo.
La risa consigue subvertir las categorías. Humilla la estabilidad y la coherencia. Se burla de lo políticamente correcto. Adopta una posición política al negar lo establecido, lo normalizado y, a borbotones, nos confiere energías para construirnos a partir de las cenizas de una identidad que nos anclaba al aburrimiento y a la imitación de unos patrones huecos, con forma pero sin contenido.



[1] Althusser, L., Para un materialismo aleatorio, Arena Libros, 2002.
[2] Butler, J., Imitación e insubordinación de género

Nunchaku conceptual #1: Teoría en guerra

Dejo aquí un "nunchaku", un comunicado guerrillero, una declaración de intenciones, escrito por la Asamblea de Filosofía de la Universidad de Zaragoza.

>>En los últimos meses, múltiples destellos de agitación social han aflorado por calles y plazas en busca de una reapropiación de los lugares y tiempos comunes. Nosotras, desde la carrera de Filosofía de la Universidad de Zaragoza, hemos sentido la urgencia de participar en este momento de efervescencia, sumando nuestras fuerzas para ayudar a derrumbar el conjunto de falsas responsabilidades que cargamos a nuestras espaldas como una losa, dispuestas a desmentir la idea de que nada puede hacerse ya ante el aclamado “fin de la historia”. 
La necesidad de encontrar una estrategia adecuada implica reformular nuestra propia concepción del conflicto. 

 Vivimos una época de malestar, un malestar curioso en tanto que viene de un mal estar en el mundo, un mal estar en una sociedad donde lo único colectivo que conocemos es el paro, el examen, la competitividad y las rebajas. 
Un mal estar en un mundo donde el conocimiento se reduce a parcelas tan reducidas y fragmentadas que no nos permiten entender lo que (nos) sucede. 
Un mal estar en un mundo donde la actividad que desarrollamos nos embrutece: una educación destinada a desempeñar un trabajo remunerado, destinado a dotarnos de los medios materiales destinados a garantizarnos una subsistencia individual atomizada. Ya no vivimos: sobrevivimos. Y esta supervivencia mecánica, aleccionada por un eterno endeudamiento, hace de nuestra existencia la máquina de nuestra propia muerte. Promovemos el impago de nuestra vida-hipoteca, la subversión de nuestras condiciones vitales. 

Si la realidad es un subconjunto de lo posible, nosotras queremos empujar los límites de lo real. 

 No queremos lógicas de mercado, razones de economía, ni someter nuestra vida a sus cálculos y necesidades, dejando que se apropien de todo lo que creamos. 
No queremos ser tampoco intelectuales en compartimentos estancos
Nos negamos a ser una marca de nosotros mismos, y que nuestra educación tan solo exista para lucir más brillantes y atractivos en los escaparates del mercado laboral. 

Queremos recuperar la capacidad de entender relaciones, comprender totalidades en la época del mapa sin tierra, en la que las fauces del capitalismo han subsumido ya todos sus otros. Queremos comunicarnos en un mundo donde sólo vemos dificultades (o plena incapacidad) para hacerlo. En la época del "mejor de los mundos posibles" hemos de abrir espacios (geográficos, culturales y sociales) que alteren las relaciones de control, que presionen las grietas del mapa social, que se sitúen fuera de los códigos y roles ya establecidos y arropen la irrupción de deseos y saberes. 

 Reconocemos que el espacio desde el que hemos de actuar es un espacio dado de antemano por las fuerzas que nos oprimen: nuestra labor ha de arreglárselas en este territorio, buscar oportunidades propicias e ir abriendo fisuras en las geografías menos consolidadas ; y así lo hicimos. La forma en la que decidimos actuar es la de un parón indefinido de clases. El espacio y el tiempo que quedaron vacíos se recuperan desde entonces para desarrollar dinámicas de lucha y discusión que se suman a las que ya se estaban desarrollando. 
El parón de clases trata de ser, pues, una zona liberada, una acción extra-ordinaria que dé lugar a la proliferación de saberes y acciones. No es una acción nuestra porque no hay acto de rebeldía individual o aislado: la destrucción o el daño a los aparatos de control, así como las pequeñas parcelas de vida, recuperada son obstrucciones del funcionamiento de las relaciones de poder asfixiantes, y eso es un triunfo para todas nosotras. 

 Sabemos que hoy lo que legitima una acción no es el argumento que convence sino el poder que funciona. El consenso ciudadano no se construye a través de la reflexión y aceptación, sino que se establece por leyes y poderes que hacen aparecer determinados discursos como correctos, incuestionables, infalibles. No hay ni hubo democracia, la situación actual es de violencia. Las justificaciones ideológicas que querían llamar "crisis" a este reordenamiento de las condiciones materiales de la sociedad están dejando de funcionar y buscan consolidarlo mediante la fuerza. Sobrevivimos sometidas a toda una serie de dispositivos que no hacen sino capturarnos en un devenir cadáveres. Ante esto sólo podemos tragar, puesto que los discursos pretendidamente subversivos niegan cualquier utilización de la violencia en pos de un pacifismo acrítico. Pacifismo que dibuja irónicamente figuras humanas que se solapan con las del ciudadano normal, razonable, sobrio y sumiso, figuras que terminan por tanto respondiendo a los intereses de las fuerzas que dominan. 


Sabemos que la política es fuerza. Sabemos que toda imposición es violenta como lo es toda contestación. Nos negamos a plantear nuestras posibilidades en términos del paralizante debate de violencia sí, violencia no. Nuestro juego va más allá, es más, sabemos que la revuelta acostumbra a ser impopular. Dejemos atrás la inocencia y señalemos firmemente a nuestros verdugos. No nos engañemos: la política hoy y aquí no es otra que una política genocida, pero si alguien ha de caer no seremos nosotras

 Queremos la dimisión de los blindados que ocupan los cargos del actual gobierno y las altas esferas financieras, así como la de los secuaces que los blindan, partícipes impresentables de este amargo vodevil. Ya no podemos seguir actuando bajo el respeto a unas normas que expropian nuestras propias vidas y nos impiden tomar lo que nos pertenece (las calles, los centros, los cuerpos). 

 Sabemos que se juega con nuestra incertidumbre y nuestro miedo, fomentado y magnificado por el uso que los medios de comunicación hacen de ciertas informaciones. Achacamos a ello el resurgimiento de un rancio discurso nacionalista, situado al origen de las tradicionales formas de exclusión. Sabemos que este Monolito omnipresente, omnipotente, indiscutible se construye a través de discursos económicos y sermones políticos mistificadores que nos imponen su realidad, e incluso son el fondo de discursos pretendidamente alternativos que, desde posturas ciudadanistas y descafeinadas refuerzan el sueño de control y represión de los que nos educan, gobiernan y encierran. 

 Sabemos que el juego de términos entre un capitalismo bueno (garantista) y otro malo (depredador) sólo esconde una certeza: que no hay soluciones mágicas a la crisis y que ésta no se crea por una mala gestión del capitalismo. 
La noticia de la intervención europea a la banca española es la manifestación de que no van a parar hasta acabar con nosotras. Esta intervención traerá consigo más recortes, más políticas de "austeridad" y más "reformas" laborales y fiscales: nuevas manifestaciones de las viejas formas de violencia estructural a las que se nos pliega con impunidad. 
Entre ellas, y como bien estamos comprobando, las áreas de educación y sanidad serán las más afectadas. 

 El proceso de recuperación de la vida pasa necesariamente por la constitución de nuevas legitimidades y poderes desde los que ser capaces de romper con la historia y de poner en marcha nuevos comienzos. Estamos hartas de que la legitimidad nos deba ser reconocida verticalmente. Cualquier vida que no pueda transformar su entorno ni recrear su propio ser es una vida sometida, impotente; una vida, en definitiva, secuestrada. ¿Cómo vivir? La respuesta a esta pregunta nos emancipará o nos someterá. Hemos dejado de ser masa para ser multitud, multitud unida por el rechazo a esta situación que vivimos, y desde ahí surge la posibilidad de un nuevo espacio político. Cada cual debe tomar las armas que estén a su alcance. Nosotras tenemos muchas armas que utilizar, más de las que pensamos, y vamos a ir a por todas. La guerra ha comenzado. Nuestros rostros ya lucen pinturas de combate

Toma la plaza, toma tu tiempo, toma tu cuerpo, toma la filosofía; 

TOMA LA VIDA

Asamblea de Filosofía, Zaragoza 2012 

«Y si no podeis ser santos del conocimiento, sed para mi al menos sus guerreros»