Una araña me observa desde su altar elevado en mi estantería, con esos ojos multiplicados que parecen arder en una infinita oscuridad, la de una vida dedicada a dar miedo. "Pobre", pienso, "no te diferencias tanto de esos gilipollas que quieren matarme a mí y a todos los que quiero".
Estoy muerta de miedo y es algo visceral y primitivo, algo que me remite a la violencia originaria, a la guerra de intereses, al miedo a perder la batalla.
Xenofobia y misoginia generalizadas en un vecindario gris, con gente normal que va de aquí para allá sin ser verdaderamente conscientes de su perversión oculta. Que todos ellos quieren matarme.
¿Y quién lo es? ¿Cómo saber cuál es el punto de no retorno? ¿Cuál es el grito que indica que ya no queda nada por perder? ¿Cuándo a una le deja de importar la vida de un ser humano?
La he tenido que matar. Su mirada amenazadora y un culo que suelta ése repugnante hilo blanquecino directo a mi garganta. Al menos ya puedo gritar, nada se pega a mis cuerdas vocales.
No soy inocente, pero nadie podrá culparnos, sabéis, cuando no haya nadie para llevarnos la contraria.