martes, 26 de febrero de 2013

Entre el peso y la levedad

Aquí seguimos. De vez en cuando echamos mano de La insoportable levedad del ser, ese best-seller de Milan Kundera que nos expone al espejo de lo que somos. Siempre en desequilibrio, siempre en una oscilación continua entre Sabina, Tomás y Teresa, nunca llegando a concluir quién es el más egoísta de ellos, quién el más desgraciado, quién la más santa. Por más que es leído y repasado, tratando de llegar a una solución definitiva, unas veces nos encarnamos en la piscina de Teresa, otra en las traiciones de Sabina, una última en los perfumes de mujer de Tomás. Pero suele prevalecer una atracción hacia todos ellos, compasión triste que nos acompaña pasando las páginas, sabiendo que lo que describe Kundera es nuestra misma tragedia, nuestra misma contradicción irresoluble. Siendo tal vez Sabina mi preferida, por ser la única que acepta, la única que sobrevive - por admitirla-, a esa insoportable levedad del ser, reconozco que únicamente Teresa podría caerme bien. Lealtad, fidelidad, ternura... el personaje trágico de toda esta historia de individuos que transitan hacia un mundo líquido en el que el arraigo se desvanece y sólo quedan las sombras de los valores que algún día fueron. 

Unos días atrás, tomando una cerveza con unos amigos, Javi cayó en el tema central, en el abismo del ser, en esa cuestión que se nos presenta de frente a las que hemos nacido en el mundo postmoderno: ¿arraigo o levedad, peso o ligereza?. Él suele optar por lo primero, por ello mismo lo aprecio tanto. Sé que yo sería incapaz de afirmarlo con esa seguridad con la que él lo hace, tal vez ocultando el miedo a un saberse a contracorriente, a un tratar de permanecer estable en la sociedad de lo perecedero, de lo efímero y de lo leve, en definitiva. Porque nada dura ya, porque todo transcurre con parsimonia, mutando, sin cesar, en  los abiertos caminos del capital. 

Teresa es el mundo que  no quiere dejar de irse en la Praga ocupada. Sabina, su Primavera. Una tierra prometida que, sin embargo, nunca llegará a cuajar. Por ello no deja de encontrarse en un entre, en una contradicción constante entre el mundo de Teresa (uno compartido y estable) y el suyo propio (ése que insta a la traición, al desarraigo y al movimiento perpetuos), y claro está, el de Tomás, el entre por excelencia. ¿Cuál de las dos es más trágica? No sabríamos responder, mas que desde la contradicción.

Hoy, una: Sabina. La que admite lo trágico como condición del ser. La única que persevera en una desquiciante soledad y que, en ese perseverar, se salvará de un funesto final. 
Mañana, otra: Teresa. La que se entrega entera, hasta en sueños, a un Tomás inseguro y asustado. La que no puede admitir lo doloroso de una vida abocada al olvido. 
Entre medio, él: Tomás. El asustadizo Tomás cuestionándose su vida, sin saber si realmente es eso lo que deseaba. Todo por ella, pero sin ella (Teresa). 

Pero todos sabemos, como lo sabían ellos, que están igual de solos.