Dejarse afectar en el desierto, eso es darle una tregua al cuerpo.
Que entre toda esta blanca nada, haya algo que, sin previa advertencia, sin una llamada ni un guiño, tenga la potencia de afectarme, y me haga llorar sin motivo aparente.
Es una mueca que trae presente el hastío inaudito, inadvertido hasta ese momento. Es un gesto brutal de desolación y muerte. Una llamada a la muerte. Una recuperación de mi incesante morir contra la inmunización de la infinidad.
Hay un malestar joven. Somos personas de cincuenta y cinco años que habitan un cuerpo terso y sin ranuras. Sólo en apariencia. Si tomáramos los cuerpos de la mayoría de nuestros amigos en su agrietada realidad, la identificación se tornaría imposible.
Sólo nos unen esas fisuras que nos empujan a la deserción y, desposeyéndonos, nos presentan los colores de este mundo-neón mucho más intensos.