martes, 17 de abril de 2012

Antes de entrar


Toulouse-Lautrec, Sola, 1896 

Dime qué buscas hoy en este cuerpo
de hábitos precisos, de movimientos rápidos,
¿un saco de arena donde hundir el puño?
¿un labio de seda para estampar en fucsia,
en un ajuar de lycra, dos ridículos labios?

Vuélvete entonces a casa
o dime qué buscas hoy en este cuerpo,
tan viejo y tan sin dueño como los océanos
por los que bogan hombres cansados y tullidos,
con las ingles violáceas y un ardor febril.

Un ardor secular que nunca cesa, así que dime:
quieres que te extraiga la piedra de la locura,
que Circe saque al cerdo que gruñe en ti,
que te amamante la loba más zorra de Roma;
pon en plata, en palabras, lo que buscas
                                                             en mi cuerpo
que yo lo pondré en obra, sin culpa,  ni omisión.

José María García Martín
 en Puta Poesía publicado por Luces de Gálibo.

miércoles, 11 de abril de 2012

Vómito y resaca

Decimos que lo vemos todo y no llegamos a rascar ni una parte de la superficie de la encimera llena de mugre. Pero nos creemos sabias porque pasamos cuatro horas al día escuchando a un tipo que no tiene otra cosa mejor que hacer que contarnos sus últimas lecturas.
Ya verás que todo se resuelve con un poco de alquitrán en las pupilas mientras tomas tu café descafeinado y una gitana pide limosna al lado de las putas del Raval. Esas a las que ahora les prohíben hacer la calle. Pobres.
Cuando pasas a su lado les sonríes o pones cara de compasión. Que vean que te preocupas por ellas mientras vas a tu casa y te encierras en la habitación pensando en el mal día que has llevado hoy, o en la ontología de Heráclito frente a la de Parménides. Las pobres putas que nunca llegarán a ser como tú, qué mala vida llevan las malditas de la ciudad. Por suerte, yo las conozco mejor que ellas mismas y me puedo permitir el lujo de abyectar sus voces e impulsar la mía que se escucha y se entiende mejor. Y además es más bonita.
Pero a mí ya me da igual todo porque me he leído cuatro libros de mierda que me han iluminado, como al pringao de la caverna, mientras que los que buscan la liberación se hacen moratones en vano porque jamás saldremos de este pozo de heno. Y un día os joderán bien, a todas vosotras que créeis que hay un mundo mejor más allá de estas cuatro paredes asquerosas. Hablamos de libertad y a unos metros de nosotros hay personas desahuciadas que sólo pueden pensar en dónde dormirán y comerán sus hijos e hijas mañana. La libertad es la mayor mentira que nos han vendido. Y lo decimos tan tranquilas, oye, desde nuestra mesita medio deshecha en una facultad que necesita reformas.
Aún así sigo yendo a las manis porque soy muy progre y sé que no me puedo quedar de brazos cruzados sin hacer nada. Con lo que a mí me gusta el espectáculo. Y si me llevo de propina un par de porrazos, mejor. Tal y como escribo, algún día se pueden convertir en una historia (¡que producirá valor, mucho valor!)
Nosotras que nos creemos tan auténticas, tan verídicas, tan coherentes. Todo es autocomplacencia. Somos una gigantesca contradicción con forma de estudiante universitario de clase trabajadora que está descubriendo el mundo por primera vez pero se cree ya lo suficientemente mayor como para hablar por encima de cualquier discurso, porque ha aprendido que a todo se le puede añadir el prefijo –meta. Y chavales, eso es lo nuestro. Y así convertimos nuestras palabras en algo transcendental, más allá de. Nos creemos chachis. Y nos olvidamos de eso que nos decían: “Todo es inmanenciaAaAa” (es que resuena en mi cabeza como una voz espectral)
A veces el vértigo y la congoja te fagocitan por completo y resulta imposible discernir entre lo que está bien y lo que está mal. Lo real y lo falso. La verdad y la mentira. Esos momentos nos abisman al mayor silencio jamás resuelto. Y nos hacen escribir cosas como ésta.
Toda postura puede ser defendida racionalmente, con un poco de retórica y unas lecturas básicas a nuestra espalda. Estamos contentos y lo gritamos alto, a los cuatro vientos para que todo el mundo se entere de lo que hemos “descubierto” y que nos encanta. Multiplicidad y cambio. Ya, claro: multiplicidad y cambio. ¿Y ahora a qué me aferro? ¿Qué queda en pie después de toda esta charlatanería? “La clase burguesa es la clase revolucionaria por antonomasia” ¿Cómo puede decirme un tipo con los pantalones por debajo del culo, para colmo pelirrojo, que cada vez que yo voy a una maldita manifestación estoy poniéndoselo más fácil a toda esta mierda de mecanismo que tratamos de hacer estallar? ¿Cuál es el camino? Vaya, qué pregunta más estúpida: no creemos en guías ni en iluminados, ni en senderos marcados. Así que esperaremos, como la lluvia de átomos de Epicuro, a ese desvío, a ese clínamen que forme el anárquico agregado.
¿Y entonces qué? ¿Nos pondremos a matar gente a mansalva?
¿Se puede saber de qué estamos hablando?
Es que a veces tengo la impresión de que hablamos de todo, y al mismo tiempo de nada.

martes, 10 de abril de 2012

Sombrero yayo

El polvoriento rincón de mi cuarto tiene un sombrero que ensuciar. Es uno antiguo, de mi abuelo. Un sombrero hongo que ha visto ya muchas primaveras y sobre el que se cierne una inutilidad próxima. Prueba de ello que haya caído en mis manos con el vago objeto de decorar ese olvidado rincón, oscuro pastel de ácaros. Tal vez un día, cuando lo tome por el placer pedante de enseñárselo a alguna visita descubra florecillas entre sus pliegues.
Me produce desasosiego saber que está en mí la responsabilidad de tres generaciones de cabezas. Un malestar que me reconcome las entrañas más profundas y me hace cavilar sobre mis orígenes. ¿Por qué iba yo a tener que guardar un objeto tan extravagante? Nadie lleva bombines hoy en día. Es por la familia.
Sigo pensando: a mí me lo han pasado y se pretende que yo lo entregue a los que me sucedan. ¿Qué clase de soberana gilipollez es ésa? No tendré hijas, sólo para que no tengan que soportar sus cuerpos con la disciplina y la carga de un sombrero que jamás eligieron, y que, por otra parte, es más negro que el betún. Y es que es realmente un bombín feo.
La familia siempre nos hace llevar sombreros para que vayamos bien firmes. Nos disciplina y después pretende que le devolvamos los pretendidos favores. Jamás he sentido mayor límite que el que ella misma me ha impuesto, desde su soberano núcleo que, entiendo, siempre fue esa figura masculina que toma forma en mi sombrero hongo. “Toda mujer adora a un fascista” decía Sylvia Plath. Para finalmente convertirse en una judía. El núcleo familiar es otro Belsen, otro Dachau, otro Auschwitz… al que nos sometemos de forma voluntaria porque nos viene dado.
Esa violencia en la familia, que prolifera como un cáncer y amortaja nuestros fríos cadáveres, se reproduce, de generación en generación, escondida en las alas de mi sombrero. Él ha sido cómplice de la educación impartida, de la disciplina proporcionada, de los castigos, de los abrazos y las noches blancas. En sus recovecos se cobijan preocupaciones, sueños y temores. Besos al aire y abrazos mal dados y mal recibidos.
¿Todo para qué? ¿Para que yo lo exhiba con orgullo como si se tratase de un objeto esclarecedor de mi vida y sus virtudes? Se merece el lugar que le ha tocado: elegante sombrero hongo reciclado en antigualla barata y sin valor, que acumulará polvo y alguna que otra mancha. Y su fieltro hará de cama para minúsculos bichillos inimaginables.
Por eso, para que ustedes me entiendan, he decidido desterrar mi sombrero hongo a ese rincón, alejado de cualquier mente recta y pulcra que impulsara su alzamiento a un lugar más privilegiado, como el marco del espejo o el perchero. El inusitado hogar de los recuerdos olvidados, de los pasajes de tiempos remotos que acumulan las historias de los márgenes, de los sin-nombre. Tú, Bombín, representarás a los que te precedieron; pero no a mí. A mi abuelo y su credo, mi padre y sus vicios, el rincón y su mugre.
Y yo seguiré orgullosa de ti porque lo sucio y lo marginal es bonito.
Pero no tendré hijos.

lunes, 2 de abril de 2012

SOBRE EL CUARTO MURO #3 el urbanismo

<<Frente a esa juventud que tiene la "ingenuidad" de ocupar el espacio público creyendo que se trata de un espacio abierto, el comisario restablece el orden: aunque pertenezca supuestamente a todos, en realidad el espacio público no pertenece a  nadie, por lo que nadie puede tener la pretensión de ocuparlo. La única instancia que tiene potestad sobre el mismo es la policía. El espacio público es el territorio del Estado>> p.46

<<El primer y último recurso de un ser humano - como sabe cualquier indígena de las sociedades llamadas primitivas - es cultivar una red de relaciones de intercambio recíproco. Ahora bien, el trabajador occidental que dispone de un empleo estable es perfectamente autosuficiente. Y lo más habitual es que el universo suburbano en el que vive esté hecho para impedir que pueda recurrir a esas relaciones de ayuda mutua que caracterizaban a los barrios obreros de antaño. [...] El aislamiento, la separación entre el individuo y la comunidad, son la condición misma del funcionamiento de la maquinaria capitalista.>> p.120

¿Chusma?, Alèssi Dell'Umbria, Pepitas de calabaza, 2009

Como ya dejaba vislumbrar en la anterior entrada "sobre el cuarto muro #2. La calle", el urbanismo es esa monstruosa herramienta capitalista encargada de crear cuartos muros en nuestras vidas. Pues esa segregación y disgregación que se refleja en nuestros mapas urbanísticos acaba alojándose - y muy bien- en nuestras formas de vida. La calle como espacio de comunicación y creación de redes es sustituida por ese espacio de continuo tránsito que todas conocemos, cuyo máximo exponente es el automóvil. El coche, como comenta el autor de la obra citada más arriba, es el paradigma más claro de nuestro aislamiento. De nuestro espacio de encierro privado (el piso) circulamos al espacio de encierro que nos esclaviza (el trabajo) mediante una célula de aislamiento como es el coche (que además genera agresividad hacia los otros conductores).
¿Cómo crear así redes de apoyo mutuo, de solidaridad entre trabajadoras?
La sociedad ya no existe, porque en último término nos hemos convertido en individuos atomizados y aislados, partícipes de un espectáculo que  nos mantiene enganchados a las pantallas de televisión y a unas relaciones sociales insatisfactorias, hipócritas y desleales. 
Pero señoras, como hace casi un año ya, las plazas siguen estando ahí. A nuestra entera disposicón. Sólo hay que tomarlas.