martes, 10 de abril de 2012

Sombrero yayo

El polvoriento rincón de mi cuarto tiene un sombrero que ensuciar. Es uno antiguo, de mi abuelo. Un sombrero hongo que ha visto ya muchas primaveras y sobre el que se cierne una inutilidad próxima. Prueba de ello que haya caído en mis manos con el vago objeto de decorar ese olvidado rincón, oscuro pastel de ácaros. Tal vez un día, cuando lo tome por el placer pedante de enseñárselo a alguna visita descubra florecillas entre sus pliegues.
Me produce desasosiego saber que está en mí la responsabilidad de tres generaciones de cabezas. Un malestar que me reconcome las entrañas más profundas y me hace cavilar sobre mis orígenes. ¿Por qué iba yo a tener que guardar un objeto tan extravagante? Nadie lleva bombines hoy en día. Es por la familia.
Sigo pensando: a mí me lo han pasado y se pretende que yo lo entregue a los que me sucedan. ¿Qué clase de soberana gilipollez es ésa? No tendré hijas, sólo para que no tengan que soportar sus cuerpos con la disciplina y la carga de un sombrero que jamás eligieron, y que, por otra parte, es más negro que el betún. Y es que es realmente un bombín feo.
La familia siempre nos hace llevar sombreros para que vayamos bien firmes. Nos disciplina y después pretende que le devolvamos los pretendidos favores. Jamás he sentido mayor límite que el que ella misma me ha impuesto, desde su soberano núcleo que, entiendo, siempre fue esa figura masculina que toma forma en mi sombrero hongo. “Toda mujer adora a un fascista” decía Sylvia Plath. Para finalmente convertirse en una judía. El núcleo familiar es otro Belsen, otro Dachau, otro Auschwitz… al que nos sometemos de forma voluntaria porque nos viene dado.
Esa violencia en la familia, que prolifera como un cáncer y amortaja nuestros fríos cadáveres, se reproduce, de generación en generación, escondida en las alas de mi sombrero. Él ha sido cómplice de la educación impartida, de la disciplina proporcionada, de los castigos, de los abrazos y las noches blancas. En sus recovecos se cobijan preocupaciones, sueños y temores. Besos al aire y abrazos mal dados y mal recibidos.
¿Todo para qué? ¿Para que yo lo exhiba con orgullo como si se tratase de un objeto esclarecedor de mi vida y sus virtudes? Se merece el lugar que le ha tocado: elegante sombrero hongo reciclado en antigualla barata y sin valor, que acumulará polvo y alguna que otra mancha. Y su fieltro hará de cama para minúsculos bichillos inimaginables.
Por eso, para que ustedes me entiendan, he decidido desterrar mi sombrero hongo a ese rincón, alejado de cualquier mente recta y pulcra que impulsara su alzamiento a un lugar más privilegiado, como el marco del espejo o el perchero. El inusitado hogar de los recuerdos olvidados, de los pasajes de tiempos remotos que acumulan las historias de los márgenes, de los sin-nombre. Tú, Bombín, representarás a los que te precedieron; pero no a mí. A mi abuelo y su credo, mi padre y sus vicios, el rincón y su mugre.
Y yo seguiré orgullosa de ti porque lo sucio y lo marginal es bonito.
Pero no tendré hijos.

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