En la luna de enero amarillea la mirada lasciva del viejo duende que se ríe maliciosamente de nuestra ingenuidad: nuestros cuerpos no se comprenden.
Las caricias han sido domesticadas, acuden a misa todas las mañanas a las 6.
Mis pechos, rodeados por sonrisas estériles y mucha mala baba.
Roces como el papel de lija, tensiones insalvables, abismos en tus cuencas.
Las humedades se vuelven solitarias y se van pronto a casa. Dicen que tienen miedo a la oscuridad, y es que no saben lo que hay un paso más allá.¿Y si probamos a disolvernos?
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