Sus sonrisas se descuelgan de los labios como la caída de un trapecista al perder el equilibrio en el mejor número.
Hacia abajo.
Después ve esa expresión en nuestros ojos, igual que la que tendría un público inflado por la violencia y la excitación implícita de quien busca un derrumbamiento.
Y dona su voz. La regala, la abyecta, se la da a otros pensando que no merece realmente la pena.
No es un grito liberador, certero ni catártico, no, ni mucho menos. Es más bien como una bala de humo lanzada en medio de la nada. Es silencio.
Humillar la propia voz es el primer paso hacia la servidumbre.
Sólo nos queda gritar. Rabia y dolor.
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