Podría estar estudiando, pero como siempre las fisuras de la vida pueden más que unos apuntes. Y en eso, en desgarrar cicatrices, Elliott Smith es un crack.
Suelo recurrir a él cuando quiero regocijarme en mis propios desechos, en mis desórdenes varios que, por inercia, siguen sin recoger. Todavía no he encontrado un cajón para ellos.
¿No es cierto que a veces nos exigimos un poco de dolor, como si rechazáramos el buen fluir de la cotidianeidad? Convirtiéndonos en nuestros propios capataces, ir a picar a la mina se vuelve morboso, gozoso, adictivo.
La autoflagelación produce los mejores orgasmos.
Llega a ser tal el deseo de dolor, de sentirse una viva ("¡Prefiero que me duela y sentirme viva!") que buscas a los peores poetas de entre los más sucios, y a los peores guitarristas de entre los más lúgubres, y ellos se refrotan sus grasientas manos como diablos porque ya han agarrado a otra a la que mancillar.
El imaginario se convierte en un continuo ir y venir de lugers, alcantarillas, mégots de cigarrette, crematorios... Las conexiones sinápticas sufren cortocircuitos. Tus dientes mastican moscardones. Un asco.
¿Pero entonces, para qué seguir escribiendo? Pues porque es como la heroína: siempre un poco más. Y aún cuando estás hecho un cirio, lleno de lodos y endeudado hasta las orejas, lo que te abisma al límite es la escritura.
¿Pero entonces, para qué seguir escribiendo? Pues porque es como la heroína: siempre un poco más. Y aún cuando estás hecho un cirio, lleno de lodos y endeudado hasta las orejas, lo que te abisma al límite es la escritura.
La jodida escritura.
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