Somos el cuarto muro. Os lo dice una actriz frustrada, una actriz que probó suerte en la calle porque eso del salón le parecía demasiado obnubilante. No tuvo suerte, desde luego.
Estamos tan acostumbrados a sentarnos y a escuchar, a reproducir incesantemente nuestro guión (todos somos, en última instancia, guiones sin guionista) que pensar siquiera en la improvisación requiere de un gran esfuerzo.
Como decía, todo son cuartos muros en la vida. Distancias invisibles, intangibles, que aún así solo perviven en la inmanencia y en nuestra calidad tanto de actores como de público. Pero jamás los entremezclamos (hay que).
Pensemos en el cuarto muro, no a modo de transparencia que se interpone entre el escenario y el patio de butacas, sino como una instancia material: nosotros somos el cuarto muro, nosotros lo conformamos cada vez que acudimos al teatro. El cuarto muro no existiría si no existiera el público. El espectáculo dejaría de tener sentido.
Por ello es tan interesante el mestizaje del actor callejero. Allí la estructura no es binaria, no hay una reproducción. Hemos eliminado el edificio, la unidireccionalidad y el pago por adelantado. Y el actor no es del todo actor, ni el público del todo público. La función no tiene una rutina, viene y va cuando le da la gana en un incesante devenir. Cambia de acera, de avenida, de ciudad… en un trayecto sin fijar. Sólo se representa exactamente cuando se lo propone.
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