La calle ofrece la posibilidad de agredir, de inspirar, de insultar… de dejar de ser ladrillos para convertirnos en fluidos.
Entiendo que la calle es el perfecto ejemplo del auténtico estado de excepción. En la calle que yo pienso no hay una voluntad que se imponga sobre las demás. El auténtico espacio de libertad está en la calle, y no en el ámbito cerrado del hogar. En la calle palpita la posibilidad de la improvisación en contacto con los otros. El hogar es privado, no hay posibilidad de hacer teatro. La calle nos permite comunicarnos, y mayor será esa comunicación cuanto menor sea la jerarquización de las relaciones.
De nuevo adviene la figura del actor callejero, del perfecto performer que se hace pasar por viandante.
Nosotros, como el actor callejero, el vagabundo, el circo ambulante, tenemos que conseguir hacer estallar el gran ojo soberano (que sólo vive por nosotros, porque nosotros lo alimentamos) para convertir la calle en un auténtico espacio de excepción de la ley.
Me comentaba hace poco Javi cómo a los niños se les educa desde pequeños en ámbitos cerrados, se restringe su mente (el patio del recreo, la clase, etc.) no se les deja expandirse y su imaginario se ve coartado por infinidad de muros. La calle no es sino un espacio de tránsito entre una cárcel y otra, o al menos así nos lo enseñaron. Justamente porque la calle tiene la posibilidad de ofrecernos todo lo contrario: colaboración, comunicación, aprendizaje, libertad, revolución… pido desde aquí la reivindicación de su auténtico significado.
Porque necesitamos cruzar miradas para formarnos, porque queremos gritar bien alto lo que pensamos.
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