lunes, 27 de febrero de 2012


Foto: Andrea de la Serna

¡Este beso! Una cosa tan fragante, tan leve,
de seda, de frescura, mariposa de un labio,
una flor que no es flor, que va, bajo los ojos
negros, cual un lucero de carne y luz, volando...

Algo que huele a sol, a dientes, a puñales,
a estrellas, a rocío, a sangre, a luna... Algo
que es como un agua cálida que se retira, como
el aire de un incendio, errabundo y balsámico...

¿Es el alma que quiere entregarse? ¿Un rubí
del corazón, que abre su sagrario de raso?
¡Un beso! Y las mejillas se tocan y se rozan...
y son nieves que arden... y se encuentran las manos...

(Laberinto, 1910-1911)
Juan Ramón Jiménez
Publicado en la colección "Voces críticas" de Público

domingo, 26 de febrero de 2012

miércoles, 22 de febrero de 2012

SOBRE EL CUARTO MURO #2. La calle

La calle ofrece la posibilidad de agredir, de inspirar, de insultar… de dejar de ser ladrillos para convertirnos en fluidos.
Entiendo que la calle es el perfecto ejemplo del auténtico estado de excepción. En la calle que yo pienso no hay una voluntad que se imponga sobre las demás. El auténtico espacio de libertad está en la calle, y no en el ámbito cerrado del hogar. En la calle palpita la posibilidad de la improvisación en contacto con los otros. El hogar es privado, no hay posibilidad de hacer teatro. La calle nos permite comunicarnos, y mayor será esa comunicación cuanto menor sea la jerarquización de las relaciones.
De nuevo adviene la figura del actor callejero, del perfecto performer que se hace pasar por viandante.
Nosotros, como el actor callejero, el vagabundo, el circo ambulante, tenemos que conseguir hacer estallar el gran ojo soberano (que sólo vive por nosotros, porque nosotros lo alimentamos) para convertir la calle en un auténtico espacio de excepción de la ley.
Me comentaba hace poco Javi cómo a los niños se les educa desde pequeños en ámbitos cerrados, se restringe su mente (el patio del recreo, la clase, etc.) no se les deja expandirse y su imaginario se ve coartado por infinidad de muros. La calle no es sino un espacio de tránsito entre una cárcel y otra, o al menos así nos lo enseñaron. Justamente porque la calle tiene la posibilidad de ofrecernos todo lo contrario: colaboración, comunicación, aprendizaje, libertad, revolución… pido desde aquí la reivindicación de su auténtico significado.
Porque necesitamos cruzar miradas para formarnos, porque queremos gritar bien alto lo que pensamos.

lunes, 20 de febrero de 2012

SOBRE EL CUARTO MURO #1. Mestizaje

Somos el cuarto muro. Os lo dice una actriz frustrada, una actriz que probó suerte en la calle porque eso del salón le parecía demasiado obnubilante. No tuvo suerte, desde luego.
Estamos tan acostumbrados a sentarnos y a escuchar, a reproducir incesantemente nuestro guión (todos somos, en última instancia, guiones sin guionista) que pensar siquiera en la improvisación requiere de un gran esfuerzo.
Como decía, todo son cuartos muros en la vida. Distancias invisibles, intangibles, que aún así solo perviven en la inmanencia y en nuestra calidad tanto de actores como de público. Pero jamás los entremezclamos (hay que).
Pensemos en el cuarto muro, no a modo de transparencia que se interpone entre el escenario y el patio de butacas, sino como una instancia material: nosotros somos el cuarto muro, nosotros lo conformamos cada vez que acudimos al teatro. El cuarto muro no existiría si no existiera el público. El espectáculo dejaría de tener sentido.
Por ello es tan interesante el mestizaje del actor callejero. Allí la estructura no es binaria, no hay una reproducción. Hemos eliminado el edificio, la unidireccionalidad y el pago por adelantado. Y el actor no es del todo actor, ni el público del todo público. La función no tiene una rutina, viene y va cuando le da la gana en un incesante devenir. Cambia de acera, de avenida, de ciudad… en un trayecto sin fijar. Sólo se representa exactamente cuando se lo propone.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Foto: Jan Saudek


Impacto.
A veces se me olvida respirar.
Suele  pasarme cuando pienso demasiado en la muerte, o en el suicidio.
Entonces, mi pulmón se queja, mi corazón late un poco más deprisa y, sólo así, entro en razón.
No es mi culpa, a veces se me olvida respirar.
Pienso en suicidarme, joven. Tal vez a los 27 y pidiendo que en mi epitafio ponga: "Quiero que jodáis sobre mi tumba". Me niego a ser otro aburrido cadáver más.

martes, 7 de febrero de 2012

Canción de Jenny la de los piratas

1.
"Señores: hoy me ven fregar vasos
y soy yo quien les hace la cama.
Gracias les doy si me dan propina,
andrajosa de hotel andrajoso.
Pero ustedes no saben con quién hablan.
Una tarde en el puerto habrá gritos
y se dirán: <<¿Qué gritos son esos?>>
Me verán sonreír mientras friego
y se dirán <<¿por qué se sonríe?>>

Y un barco con ocho velas
y con cincuenta cañones
habrá atracado en el muelle.

2.
Ellos me dicen: <<¡Vete a fregar!>>
Y me dan la propina y la tomo.
Las camas les haré, qué remedio.
(Pero esa noche no dormirán.)
Pues por la tarde oirán en el puerto
un estruendo y dirán <<¿Qué estruendo es ése?>>
Me verán asomarme a la ventana
y dirán <<¡Qué sonrisa tan rara!>>

Y el barco con ocho velas
y con cincuenta cañones
bombardeará la ciudad.

3.
Señores: se acabó ya la risa.
Porque todos los muros caerán,
será arrasada vuestra ciudad,
menos un pobre hotel andrajoso.
Preguntarán: <<¿Quién vive en ese hotel?>>
y dirán: <<¡Era ella quien vivía!>>

Y el barco con ocho velas
y con cincuenta cañones
empavesará sus mástiles.

4.
Y a mediodía desembarcarán
cien hombres. Y vendrán, ocultándose,
de puerta a puerta, agarrando a todos.
Ante mí los traerán con cadenas,
y me preguntarán: <<¿A quién matamos?>>
Y habrá un silencio grande en el puerto
al preguntarme quién debe morir.
Se oirá entonces mi voz diciendo: <<¡Todos!>>
y <<¡Hurra!>>, a cada cabeza que caiga.

Y el barco con ocho velas
y con cincuenta cañones
conmigo zarpará."

(1929, de La ópera de cuatro cuartos)

Bertolt Brecht


¡Oh! Cuánto me gustan las historias de rebeldes piratas. Y si éstas son mujeres, y además vengadoras, tanto mejor.

domingo, 5 de febrero de 2012

miércoles, 1 de febrero de 2012

"Whisky works better than beer"

Podría estar estudiando, pero como siempre las fisuras de la vida pueden más que unos apuntes. Y en eso, en desgarrar cicatrices, Elliott Smith es un crack.
Suelo recurrir a él cuando quiero regocijarme en mis propios desechos, en mis desórdenes varios que, por inercia, siguen sin recoger. Todavía no he encontrado un cajón para ellos.
¿No es cierto que a veces nos exigimos un poco de dolor, como si rechazáramos el buen fluir de la cotidianeidad? Convirtiéndonos en nuestros propios capataces, ir a picar a la mina se vuelve morboso, gozoso, adictivo.
La autoflagelación produce los mejores orgasmos.
Llega a ser tal el deseo de dolor, de sentirse una viva ("¡Prefiero que me duela y sentirme viva!") que buscas a los peores poetas de entre los más sucios, y a los peores guitarristas de entre los más lúgubres, y ellos se refrotan sus  grasientas manos como diablos porque ya han agarrado a otra a la que mancillar.
El imaginario se convierte en un continuo ir y venir de lugers, alcantarillas, mégots de cigarrette, crematorios... Las conexiones sinápticas sufren cortocircuitos. Tus dientes mastican moscardones. Un asco.
¿Pero entonces, para qué seguir escribiendo? Pues porque es como la heroína: siempre un poco más. Y aún cuando estás hecho un cirio, lleno de lodos y endeudado hasta las orejas, lo que te abisma al límite es la escritura.
La jodida escritura.