“La risa
frente a las categorías serias
es
indispensable para el feminismo”
Judith
Butler
El ser mujer
“¿Qué es la
mujer? Pánico, zafarrancho general de la defensa activa” nos decía Monique
Wittig. La interpelación al eterno femenino, a la noción tradicional que de
mujer se había tenido, no es sino una artimaña para aferrarse empecinadamente a
una categoría ya minada, pero que se ha llevado muchas vidas por delante. Aunque
realmente no podemos decir que las mujeres no existan, puesto que es evidente
que, de hecho, materialmente, las mujeres existen. Lo problemático de esta
cuestión nos conduce a pensar en su existencia ontológica. Si acudimos a
Althusser, quien se había ocupado del ser de ser proletario, veremos que
realiza una fuerte crítica a Marx y Engels por confundir reproducción por producción.
Cuando Althusser afirma que los “elementos
no existen en la historia para que exista un modo de producción, sino que
existen en ella en un estado flotante antes de su acumulación y combinación,
siendo cada uno de ellos el producto de su propia historia”
está, en cierto modo, admitiendo el fluir de nuestras identidades. No hay
una entelequia que dote de un fin a nuestra existencia ni tampoco que la
canalice. El sentido de nuestra identidad vendría dado por una toma de
consistencia aleatoria que se desplaza sin cesar. Podemos entender por “existir
en un modo flotante” justamente ese estado de inestabilidad, de cambio constante.
Del mismo modo, si- como decía Marx- el conjunto de nuestras relaciones
sociales determinan nuestra conciencia, comprendemos que estamos continuamente
construyéndonos, de forma inconsciente, a partir de una repetición incesante de
lo que nos rodea. Y lo que es más importante es que esa repetición tiene valor
de real al reproducir subjetividades, creándolas al mismo tiempo.
Pues bien,
la cuestión de la performatividad en Butler aludiría a ese mecanismo por el
cual teatralizamos de forma inconsciente nuestras identidades, a la
reproducción de ciertos roles y guiones. Algunos autores, véase Pierre
Bourdieu, criticaron este concepto al parecerles que Butler afirmaba que una
podía cambiar de identidad como quien cambia sus pantalones cada mañana. No
obstante, vemos que esto no es así: la identidad no se performa de forma
consciente, no atiende al voluntarismo, sino a una reproducción inconsciente
que se fomenta desde nuestro entorno cultural.
Por todo lo
explicado anteriormente, podemos concluir que las mujeres existen, pero no así
La-Mujer. La identidad Mujer ha quedado naturalizada, se nos ha hecho creer que
es original, esencial, cuando no es más que un producto derivado. La-Mujer nos
remite siempre a una categoría hueca imposible de alcanzar, porque ninguna
repetición es perfecta. Existen infinidad de subjetividades performadas en
torno a una categoría imposible, que sería la de Mujer con mayúscula, que es lo
mismo que decir que no hay dos mujeres iguales. Entonces, al final, ¿qué tienen
las mujeres en común?
Tratar de
definirse, de concebirse dentro de una categoría, es siempre problemático. Una
de las soluciones pasa necesariamente por el mestizaje. Tenemos que comprender
que definirnos como mujeres es reduccionista porque ¿a qué nos estamos
refiriendo exactamente? ¿Tienen lo mismo en común una mujer lesbiana y otra
heterosexual? ¿Una negra y otra blanca? ¿Estamos hablando de las mismas
subjetividades? Nos atraviesan tantas líneas constituyentes y tantas historias
diferentes que caer en las etiquetas y los estigmas es una abstracción inútil,
que muchas veces sirve para injuriar y abyectar a lo no deseado.
Son todas
estas farragosas cuestiones las que le hacen a Butler hablar del “sujeto del
feminismo” y no de las mujeres. En definitiva, si lo que nos une a todas es que
somos “sujetos del feminismo” (y yo me pregunto, ¿quién no lo es?) podemos
concluir afirmándonos como sujetos de lucha. Y es que, posiblemente, yo misma sólo
me pueda pensar como mujer desde ese zafarrancho de combate del que habla
Wittig.
Política difusa
Hemos dicho
que debemos apostar por el mestizaje, por las pluriidentidades, por el cambio y
el movimiento; porque, como dice Butler, “afirmar que yo soy tal cosa es
sugerir una totalización provisional de ese <<yo>>”
Siempre que nos pensamos desde una categoría estamos ejerciendo una violencia
sobre nosotras mismas, ya que es un ejercicio de opresión y de reducción. Puede
que nos sintamos a gusto en ella, que nos satisfaga porque nos hace formar
parte de algo diferente y no de una masa indiferenciada; pero justamente lo que
estaremos haciendo será ocultar nuestra propia diferencia y coartar la
posibilidad de crearnos a nosotras mismas.
Sin embargo,
vemos que negar el calificativo de lesbiana, el de homosexual o el de
inmigrante tiene el mismo sentido que negar el de mujer. Negarlos, aparte de
funcionar como un mecanismo de invisibilización en determinadas ocasiones,
también nos lleva a la eliminación de algunas prácticas políticas que pueden
resultar muy eficientes (el outing,
por ejemplo). Es cierto que admitir que las fronteras se han disuelto, que el
sujeto ha estallado y, a la vez, exigir una visibilización de estas
subjetividades puede resultar contradictorio. Sin embargo, yo entiendo que
desde una práctica política es importante adoptar una u otra postura según nos
convenga. No tener una postura definida y clara, o una única forma de proceder,
no debe tomarse como un problema a
resolver, sino como un buen síntoma de que el feminismo está en perpetua
reflexión y no se aferra a un purismo intelectual ni político.
Los
movimientos feministas se constituyen de forma difusa en cuanto que no
funcionan a nivel macropolítico, sino que se incrustan en los entresijos de la
vida cotidiana resaltando la importancia de la práctica política a nivel micro.
Según Raúl Zibechi en un artículo del periódico Diagonal, el feminismo es un
movimiento social que ha conseguido movilizar el deseo. En lugar de tomar el
poder a la antigua (esto es, instaurando
un Estado feminista, por ejemplo), ha tomado el poder legitimándose en
asambleas y en colectivos. Los feminismos están consiguiendo no momificar su
posición política permaneciendo en constante movimiento, atendiendo a los
problemas reales de la vida cotidiana y tratando de darles una solución.
Estas formas
propias de las políticas queer
parecen estar cambiando realmente el modo de comprender las relaciones
sociales, pero la realidad es que la revolución feminista no se ha dado todavía
y en la mayoría de los movimientos sociales surgidos en estos últimos meses su
presencia es escasa. Sin ir más lejos, en una asamblea del 15M del año pasado
se llegó a discutir sobre la necesidad de llamar o no feminista a la acampada
de la plaza del Pilar. No se llegó a consenso sobre este tema, y en muchos casos
aludiendo al argumento de que feminismo y machismo son lo mismo. Esto nos lleva
a pensar que los feminismos no institucionalizados están funcionando muy bien
en determinadas esferas sociales, pero que a duras penas se conocen en otras. Con
respecto a ello, creo que no debemos encerrarnos en el elitismo académico ni
reducirnos únicamente a prácticas activistas. No comparto las críticas que
hacen algunas/os activistas a la comunidad académica. Lo cierto es que la
teoría crea práctica, y la práctica al mismo tiempo produce teoría. Además, si
justamente lo queer se caracteriza por no prefijar un sujeto revolucionario, lo
importante es dar a conocer estas prácticas. Mediante libros y mediante
colectivos.
“Your
body is a battleground”
Hemos dicho
que la identidad se performa de forma inconsciente, que escapa a cualquier
voluntarismo. Sin embargo, Laura Bugalho hablaba en una reciente conferencia
sobre transfeminismo lésbico sobre la posibilidad de devenir transfeminista.
Ella misma lo definió como un proceso consciente de precarización de nuestras
vidas, como un devenir trans-marica-puta-bollo-mestiza. Me parece importante
esta cuestión ya que no prefija un sujeto revolucionario, sino que- como hemos
dicho antes- al final todas podemos ser sujetos del feminismo. Por otra parte,
es probablemente en ese proceso de devenir consciente donde reside la
libertad. Desde el propio conocimiento
de la realidad material, experimentado en nuestras carnes bajo la forma de
opresión y violencia, somos capaces de dirigir ese conocimiento hacia una
acción productiva. Nos referimos a la capacidad de reapropiarnos de esos
ejercicios de exclusión, de esa violencia, y registrarla positivamente a modo
de energía creativa. Y lo que es más relevante es que esa violencia está omnipresente,
no se ejerce únicamente sobre unos sujetos. Como hemos dicho, nosotras somos
las primeras en violentarnos, y ser conscientes de ello nos confiere la
capacidad de construir algo nuevo con nuestra identidad. Dejarla fluir de forma
abierta y creativa.
De aquí que
nuestro cuerpo sea un campo de batalla. La violencia se ejerce siempre sobre
los cuerpos, los de la minoría (y minoría somos todas). Podemos decir que la
cultura atraviesa nuestros cuerpos y los termina deformando. Cuando Kristeva
realiza su estudio sobre la abyección, resalta que éste es un fenómeno que
excluye, que excreta algo que nos es propio, interiorizando al mismo tiempo una
ley externa. Es decir, invisibilizamos y negamos un tipo de prácticas y deseos
normativizando otros. Nos autovetamos ciertas posibilidades. Así, nuestro cuerpo es un reflejo del Orden Simbólico, ésta es
la destrucción cultural del cuerpo a la que se refiere Foucault.
A raíz de esta constatación, las políticas queer se dirigen a la transgresión de esa ley y con ello a la
visibilización de prácticas abyectadas: sadomasoquismo, sexo intergeneracional,
sexo anal y un largo etcétera. Prácticas como el fist fucking ponen en relieve un tipo de práctica sexual
desgenitalizada e incluso violenta que subvierte el discurso dominante sobre la
sexualidad. El fist fucking cuestiona
el modelo de masculinidad, el falocentrismo y difumina el binarismo. Por otro
lado, la práctica del squirting o
eyaculación femenina tiene una dimensión política interesantísima. Julia
Pornoterrorista comentaba la transgresión que suponía que una mujer “se
corriera a chorros”, porque hace tambalear los cimientos que se asientan sobre
una supuesta moderación femenina y pone en alza la lógica del exceso, de la
pérdida, del descontrol.
Todas estas prácticas consiguen mostrar nuevas formas de dirigir
nuestro deseo y, además, tienen una función política. Investigando nuestro
propio deseo, dejándolo aflorar, comprobamos que no nos son tan ajenas, que
incluso de forma consciente podemos inducirlas. Al ser el deseo otra producción
cultural podemos crearlo mediante ciertos discursos, podemos erotizar lo que
nos parecía imposible a priori. Terminamos finalmente abrazándonos a la
perversión, asomándonos a ella mediante la transgresión del discurso
institucionalizado. Las políticas queer
requieren una investigación, un descubrimiento de nuestro “lado oscuro”.
Conclusión:
la risa del exceso
“La risa
brota al percatarse de que todo
el tiempo lo
original era algo derivado”
Judith Butler
Esta risa de
Butler no nos es en absoluto ajena. Antes subvertía las categorías serias y
ahora nos anima a percatarnos del carácter performativo de toda identidad.
La risa del
exceso es una risa loca, casi histérica, que ruge de euforia al descubrir las
nuevas posibilidades que nos ofrece una identidad abierta, sin contorno ni
dintorno, con las fronteras barridas por el afloramiento de nuevos deseos.
La lógica de
la moderación se abisma a la caducidad. La contradicción prevalece: nuestros
cuerpos se aburren de la coherencia a la que pretendemos ajustarlos mediante
discursos repetidos hasta la saciedad desde que éramos pequeñas. Comprobamos
que siempre hay algo que nos excede, que se escapa a nuestro control, que nos
contradice y, muchas veces, nos produce malestar. Ese malestar es la violencia
que debemos resignificar para construir, a partir de ella, algo nuevo.
La risa
consigue subvertir las categorías. Humilla la estabilidad y la coherencia. Se
burla de lo políticamente correcto. Adopta una posición política al negar lo
establecido, lo normalizado y, a borbotones, nos confiere energías para construirnos
a partir de las cenizas de una identidad que nos anclaba al aburrimiento y a la
imitación de unos patrones huecos, con forma pero sin contenido.